
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, decían en los Evangelios, esos libros que son tan bellos precisamente por mezclar sabiduría, crueldad y sueños. Los dioses del dinero nos dieron mercado global, moneda única, libre tránsito de mercancías y personas (otra mercancía) y otros regalos preciosos o envenenados; a cambio quieren estabilidad, control presupuestario, de déficit y de inflación, y la última palabra sobre las cabezas a cortar. A la política lo que es de la política y al dinero lo que es del dinero, dirán algunos todavía. Pero el dinero deja poco espacio para la política (ahora lo ve Zapatero), o es que la política y el dinero ya son lo mismo. O sea, que César es Dios y quizá también el Diablo, y contra eso ya sólo nos queda hacernos ácratas o ermitaños. Es lo que intentó Zapatero, vivir como si el dinero no existiera. Es cierto que recibió un país que vivía por encima de sus posibilidades, corrompido por la mentira de que la especulación puede sustituir a la producción, de que la riqueza puede ser virtual, salir de la nada. Quizá el mundo entero dormía en ese sueño, aunque no tan profundamente como nosotros. Hasta el gran estallido. Pero el error de Zapatero ha sido no darse cuenta de que ni siquiera el dinero podrido anula su religión. Tras el gran cataclismo, siguió haciendo su socialismo de perroflauta como si el dinero no existiera. Ahora, hasta se viste de caqui si el dinero se lo pide, cuando ya es muy tarde y el dinero, como los dioses, pide la sangre del inocente o del débil para purificarse.
Lo próximo serán las pensiones y estas autonomías nuestras, estas burocracias redundantes, superpuestas, ineficaces, gigantescas y derrochonas. Ha dicho Griñán que los mercados no pueden acabar con el consenso constitucional de las autonomías, pero creo que nadie en el 78 podía imaginar que aquella fórmula de compromiso acabaría en estas taifas con caciques, arrimados, gorrones y despilfarradores. Si esto sigue así, veremos tocar la Santa Constitución, ni tan perfecta ni tan de piedra. Mientras, si les place, pueden ustedes culpar a los mercados, dedicarles cortes de manga, irse a vivir a una ruló con la pintada “ni Dios ni Patria ni amo” y hacerse trenzas con los sueños y la mugre. Pero el Diablo del dinero nos encontrará para pedirnos lo que le debemos, lo que es suyo, enseñándonos aquel contrato que firmamos con sangre gótica, hace tanto que ni nos acordamos.
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