Enchufes. Por los ayuntamientos, donde se contratan a dedo hasta los ficus;
por la Administración con un supervisor, un perito y un bedel por cada
bombilla; por la España de lo público como un bufé de los pordioseros. Por ahí
nos paseó La Sexta, el programa Equipo de
investigación, esta vez centrados en el enchufe municipal, los cuñados
fontaneros de taburetes, los amigos oteadores de paseo marítimo, las hermanas coordinadoras
internacionales del barrio, los pueblecillos con estructura a la vez de ONU y
de bautizo. Dan ganas de coger el programa, o toda la serie, o la colección de Salvados, y enviárselos a Merkel, a ésos
de la UE que miran al dinero como en sus queseras transparentes, y pedirles no
que nos intervengan, sino que directamente nos invadan. Pero no me tengan en
cuenta esta boutade. Fallaron los
partidos y los poderes del Estado, la corrupción no sólo es rentable sino un
chollo, el dinero público es considerado botín, hay un Gobierno que desconcha
hospitales o escuelas antes que meterle mano a todo este gran convite, y por
eso uno a veces se mosquea y pide, aunque sea metafóricamente, que nos
arranquen de aquí y nos instalen en Escandinavia.
Pero a lo que
íbamos. Ni los enchufes de barrenderos, ni las orondas agencias municipales
para las macetas, ni la empresita propia o de la hija con la que contrata el
ayuntamiento, son cosa exclusiva de Andalucía, aunque el programa de La Sexta
nos puso la cara bien colorada con los casos de Manilva y Chipiona. Antonia
Muñoz, de la inmaculada IU, con una causa abierta por 200 enchufados y su
empresa facturando al ayuntamiento (ah, no, dice que es de su marido); Dolores
Reyes, socialista, ya condenada por otorgar por su divina gracia 345 empleos a
dedo. Y no pasa nada. Si acaso esas inhabilitacioncillas de algunos añitos, y a
seguir la fiesta. Pero lo más sangrante es la naturalidad con la que se acepta
el sistema. A un chipionero le preguntaron cómo consiguió trabajo en el
ayuntamiento y el hombre respondió con toda su pachorra: “Pues hija, yendo
detrás de los concejales, porque dicen que el que no llora no mama”. Empleados
a dedo que “se iban al paseo marítimo, se sentaban, y al mes cobraban”,
relataba el mismo señor como caso habitual. “¿Para qué queremos trabajadores de
playa que prestan un trabajo de tres meses de verano nueve meses
[contratados]”, se preguntaba otro paisano. “Quiero que se sienta cómodo el
pueblo con esta alcaldesa”, discurseaba ella, siempre muy folclórica. Como para
no estar cómodos: con “la Lola”, que así la llamaban, “uno de cada 50 vecinos
era un enchufado”, aseguraba el programa citando la investigación. Pero ni
cárcel ni sanción económica, sólo siete años de inhabilitación merece esto. Así
nos retrataban, hablando del “imperio de la ineficacia”, de lo que se malgasta de
lo público para “mantener las redes clientelares”. Y esto sólo alrededor de
fuentes, parterres y verbenas. Imaginen las administraciones autonómicas.
Imaginen todo el país. Pero no, ni ejércitos de funcionarios hiperbóreos ni
demagogos boticarios del alma del pueblo nos van a salvar de esto. Sólo
nosotros, los ciudadanos, si alguna vez despertamos.
Paseo
por Chernóbil. Tras los ecos de El gran debate de Telecinco, especie de
barbería de barrio de las ideas, donde Sánchez Gordillo y Cañamero han vuelto a
hacer de Epi y Blas del sudor y los jaramagos, me he encontrado al alcalde de
Marinaleda perdido por mis grabaciones, en un programa del canal Viajar. Sí,
una guiri nos llevaba por ese pueblo de murales y acequias sentimentales como
por un parque temático del comunismo ya muerto, como si fuera Chernóbil. Y yo volví
a pensar que aquello no es comunismo, sino un campamento de scouts
subvencionado por la Junta; que sus conceptos económicos equivalen a la idea
del Koala de hacerse su corral, que su ideología no pasa del sombrajo y que sus
soluciones no llenarían ni un serón. “Si la finca es pública, es nuestra”,
decía Cañamero en Telecinco. Allí ya los tienen de clowns o poetas locos,
apretando una bocina como discurso o hablándole al oído al borriquillo con
sombrero del pueblo.
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