No sé si los dioses en las catacumbas, en los desiertos, en las pinacotecas o en las basílicas son más grandes o más pequeños, más dioses o menos; si caben dos en el mismo sitio, si necesitan cada uno su luz o su aseo particular, si viven para siempre en su casa o se mudan o se convecinan o se expulsan según los siglos y las guerras. Supongo que dependerá del dios y de sus creyentes, los que se bastan sólo con una estera o los que no pueden reinar o creer sino en un palacio, los que se avienen o los que tienen el mandato de pelear. Esto sólo competería a cada religión si no fuera porque suelen meter al Estado y a la sociedad entera en sus litigios y lindes. Una cosa es que se repartan el cielo y otra que se repartan la ciudad y el presupuesto. Lo sucedido en la mezquita-catedral de Córdoba es la demostración de que aún no hemos encontrado la manera de colocar a tantos dioses sin que se molesten entre sí o nos molesten a todos, si acaso eso es posible. Pero esto no pueden solucionarlo las religiones, que nunca se pondrán de acuerdo porque todas compiten por la Verdad, la historia, las almas, el dominio y, encima, por el espacio físico donde poner a su dios como un jarrón. No, esto tiene que solucionarlo el Estado. Hasta ahora, las soluciones han sido tibias, incompletas y problemáticas. Y lo están siendo cada vez más, cuando la homogeneidad cultural y religiosa es ya imposible. Nuestra Constitución declara la aconfesionalidad del Estado y la libertad religiosa, pero reconoce implícitamente ventajas para la iglesia católica, incluyendo una importante aportación pública para su mantenimiento, de una u otra forma aún vigente. Igualmente, se establece el derecho de los padres a que sus hijos reciban una educación conforme a sus creencias, lo que significa, en la práctica, que el Estado está obligado a pagar el adoctrinamiento religioso en las escuelas. En realidad, eso que ha dicho el Defensor del Pueblo Andaluz sobre construir mezquitas con dinero público forma parte de ese mismo espíritu de tibieza y mal repartimiento. Es comprensible que lo pida, porque viendo que las iglesias se repellan a costa del presupuesto, las cofradías se subvencionan y los catequistas los pone el Estado, es imposible mantener ese discurso de igualitarismo paternalista y providente de lo público en lo religioso si no se hace extensible a todos los credos. Como decíamos hace poco, todas las religiones están pidiendo ya los privilegios y dineros de los que históricamente ha gozado el catolicismo, y nuestros gobernantes no pueden negárselos sin contradecirse. Lo malo es que no todo lo que nos llega pidiendo amparo es siempre tan tolerante, pacífico y respetuoso con la libertad como nos gustaría, y esto es verdad aunque quede feo decirlo. Y puede costarnos disgustos a poco que aquí se instalen, al abrigo de esa comodidad, sectas, extremistas y fanáticos.
Pero la solución es sencilla. Basta con dos cosas. Primero, que el Estado deje de aportar pasta y sostén a las religiones, de montarles escuelas y alumbrarles templos. Y luego, claro, que se respeten la ley y las libertades, que nadie se refugie en su credo para ignorar el Derecho. A partir de aquí, que quienes quieran le construyan su cúpula o su aljibe a su dios con su propio oro, que recen y enseñen lo que les plazca con sus medios, y que nadie se meta en la casa del vecino. Y que, si se infringe la ley (la de todos), se actúe. En resumen: o laicidad verdadera, o veremos a los dioses pelearse en las calles, como siempre con manos y víctimas muy humanas, y además con nuestro dinero.
































