28 de agosto de 2008

Especial: El verano del kiosquero (17/08/2008)

N. A.: Texto original completo del artículo, que puede ser diferente al que aparece en la edición impresa del periódico.

SANLÚCAR DE BARRAMEDA.- A Sanlúcar se viene a hacer un turismo de mojarse los pies, de ver motillos y puestas de sol con rodajas de limón y cielo, de sentir de lejos la respiración salvaje y como de navazo de Doñana y de hacer sacrificios mágicos ante los animales del mar con sus púas vivas o su carne rosa. Sanlúcar no tiene grandes infraestructuras turísticas, la playa es sólo el último revolcón del río Guadalquivir, existen pocos hoteles, no hay puerto deportivo ni esos spas que quieren parecer un Guggenheim, y aquel complejo con campo de golf del príncipe Hohenlohe, bautizado pomposamente como Sanlúcar Club de Campo, y que un día los lugareños creyeron que iba convertir al pueblo en otra Marbella, atrayendo a jeques y a piscineros, es sólo un cementerio de topillos y una siesta de agrimensores. Pero a pesar de esto, Sanlúcar sigue teniendo el encanto de lo puro, como una última sombra en esa costa andaluza castigada por el urbanismo hormigonero y las feas griferías de lo hortera.

Agosto aún abarrota Sanlúcar, sus plazas del tapeo, su playa estrecha y familiar llena de gente despeinada y acarreadora, de forasteros chanquleteros despaciosos como galápagos con barriga. Encontrar la crisis económica en el verano de Sanlúcar quizá tiene inconveniente de que aquí lo mejor y lo que más se busca es gratis o barato: el aire salado, ese olor como a ortiga mojada de la noche, el silencio abodegado que te acoge, el sol como un gran capacho que se vuelca arriba, el vino turbio y fuerte de las tascas, el aliño pobre de unas papas. No hay regatas, ni polo, ni helicópteros, ni ese verano que se hace en otros lugares amontonando el dinero y las castas sobre la cristalería de ellos mismos. La única afectación es la de sus famosas carreras de caballos, evento entre pijo y heladero que aunque monte en la arena una pequeña cañada de exclusivismo y paripé, no termina de convertir a Sanlúcar en casino, en palacio o en embajada. Claro que existe lo caro, pero aun lo caro es natural y honesto, un pescado que brilla de vivo, un marisco que también quiere comerte, la mesa dispuesta como una misa.

Es tarde de carreras en Sanlúcar y en la playa la gente sigue el oleaje de los caballos, que con la velocidad parecen hechos de guijarros. El paseo marítimo se diría que ha sido bombardeado, lo están construyendo o remodelando y las obras dejan alambradas, trincheras, traspiés. Es como el escenario pobre para este año pobre. La gente se dedica a estar miradiza, cosa que no cuesta dinero, y en los chiringuitos hay familias enteras alrededor de una fanta. Otros sacan sus fiambreras con desenvoltura. La crisis sabe a pimiento frito, o es que quizá la arena y el sol mojados saben a comida, antes de llegar a Bajo de Guía, capilla de pescadores, desconchadero de blancos y azules, bandeja que trajo el mar en sus pinzas.

Aún es temprano y el sol poniéndose pega a los camareros contra la pared de los restaurantes, esperando a la clientela, que llegará sobre todo cuando terminen las carreras. De momento, cervezas con aceitunas, ensaladas y pescaíto frito, pocos langostinos y gambas que cuando salen parecen sacados para una foto. Se nota quién va a pedir marisco por el peinado y los politos. Es cierto, en Sanlúcar se conserva cierta ortodoxia del pijerío de medio rango que incluye ropa fluoresecente, flequillo velero, moreno de galleta y una manera especial de pronunciar las eses y de pelar los langostinos como bajándoles la cremallera. Pero en el restaurante Mirador de Doñana, que es como el camerino de popa de un almirante, y donde guardan igual que si fueran clavos de Cristo los catavinos con los que brindaron aquella vez Aznar y Blair por la paz en el Ulster, los hermanos Lazareno admiten la crisis con un grave asentimiento. “Cuando llueve, todos nos mojamos –dicen-. Aunque tengamos trabajo, la crisis se ha notado desde junio. Tenemos clientes pero con un poquito menos de dinero. No es la cantidad de personas que vienen, porque Sanlúcar está abarrotado en agosto, pero se nota económicamente, la gente tiene menos dinero o por lo menos miedo a lo que pueda pasar mañana y por eso se retrae. Cuando al final del día se mira la caja, se nota”. También en el vecino Avante Claro, donde los bogavantes están como indultados en su acuario, opinan lo mismo: “Hay gente, más o menos igual que el año pasado – cuenta Manuel Rodríguez---, pero en vez de pedirte bogavantes, langostinos, cigalas, pues piden pescaíto frito o un arrocito para todos. Están más cortitos”. Sólo Paco Bigote, escoltado en su salón por tremendos bichos azules, como de un mar prehistórico, asegura no notar la crisis: “Normal, como otros años. Al menos, lo que es agosto. Cuando llegue septiembre, que ya se tiene que bandear uno con las comidas de empresa y eso, a lo mejor cambia la cosa”. Desde luego, allí el teléfono no deja de sonar, la gente solicita reservas exhibiendo a veces, de manera un poco ridícula, pedigrí, relaciones, amistades; pero no hay mesa hasta dentro de cinco días. Un cliente que entra apunta, con maldad o suficiencia, que seguramente a los que van a Bigote la crisis les da igual.

La crisis no espanta a la clientela de Bajo de Guía, aunque este verano se alimente un poco más del viento, como dicen por aquí que hacen los camaleones. Bajo de Guía es un lugar de peregrinación y su religión sobrevive al bajón de la economía como un palafito a las mareas. Pero tampoco se vacía la Plaza del Cabildo, que en agosto es como un árbol de Navidad trasplantado a esta época, corros de gente, luz de vino y campanas, rojos de un dulce salado en las terrazas. Ni una mesa libre en Balbino, en La Barbiana, en la Taberna Juan o en La Gitana. Y sin embargo, hay algo diferente este año: “A la gente les ofreces langostinos y te dicen 'no, langostinos no, que tengo en mi casa' –cuenta un camarero--. O te dicen 'no, hijo, no tenemos hambre, unas papitas aliñás nada más que luego vamos a ir a cenar', pero después te están pidiendo todo el tiempo más pan y picos. A mí me han llegado a preguntar cuántos trocitos entran en una tapa de chicharrones, que eso nunca me lo habían preguntado”. “Fíjate la cantidad de gente que está sólo dando vueltecitas, --señala otro trabajador de un bar de copas de la Plaza del Cabildo--, que se sientan con la familia en los bancos a comer pipas o una tarrinita de helado y ahí se quedan”. Alguien comenta, divertido, que el kiosquero de la Plaza del Cabildo ha llegado a confesar que no ha vendido más pipas en su vida. Éste es, sin duda, su verano.

Los días persiguiéndose: Finis Terrae (17/08/2008)

Dicen que Croacia llegó a ser satrapía del Imperio Persa, pero lo que parece ahora es el anuncio de un yogur griego. Todo el Mediterráneo es griego, en realidad, desde que surgieron de aquel mar las columnas de nuestra civilización y del Adriático a Asia Menor los ejércitos, los geómetras y los filósofos fundaban lo que somos como haciendo collares de conchas. Zarrías prefiere para sus viajes veraniegos zonas frutales de sol y de pobres, donde Andalucía puede hacer de personaje colombino y de rico y gordo por comparación, y Chaves ha elegido Croacia para sus vacaciones, que no sé si fue persa de verdad o nos engañan los documentos pétreos del lugar, pero que desde luego es como huir en trasatlántico de la crisis, un poco hacia el origen volcánico de Occidente que es ese Mediterráneo cercano a los dioses. Hay viajes para buscar y hay viajes para huir, para esconderse en islas y calas, enterrarse en arena blanca y en pueblos que se despeñan desde antiguo. Nuestros gobernantes andaluces hacen estos viajes de huir, a paraísos de los descalzos y de las nubes mojadas en ron, como elige Zarrías, o a un país de sirenas o faros levemente helénicos, que es la opción de Chaves, pero que tienen en común embeleso, mitología, arrecifes y reliquias. Por esos lugares la crisis les debe de resultar como un asunto de otra raza o de otro tiempo, igual que Blas Infante debe de verse como el barquero de Hércules u otro pescador renegrido, de ahí que Chaves no vuelva por tan poca cosa. Tanta gente quejándose, tanta realidad estropeando la cuidada propaganda de la Junta, que es normal que huyan hacia soles de aguacate o mares dóricos, donde todo parece remitir a una tranquilidad coralina y a un pasado quieto en un vaso.

He pensado en los viajes centrífugos de Zarrías o Chaves, en este verano en que la economía trae cada día un ahogado más en las playas, leyendo la curiosa noticia de que Stephen Hawking va a hacer el Camino de Santiago, al menos en parte. Hawking quizá ha llegado a la Ruta Jacobea cayendo de la Vía Láctea, que es su espejo allí arriba, después de andar buscando tanto tiempo el agujero del que salió todo el universo. En realidad, lo del apóstol Santiago en España es un mito romanista más que dudoso y, de todas maneras, ese viaje no tiene como origen ir a adorar sus huesos de madera, sino la mucho más antigua marcha al fin del mundo, al Finis Terrae, siguiendo la ruta del sol, viaje iniciático de culturas precristianas. Zarrías y Chaves se marchan en sentido opuesto, hacia el Caribe y hacia el Adriático, porque desean huir al fin del mundo, esconderse allí donde no llegue la crisis, ni las malas noticias, ni las verdades que desmienten sus fantasías cada día. Pero ese otro Finis Terrae iniciático no es tanto un lugar al que llegar como el propio camino a recorrer, cosa que seguramente sí sabe Hawking y por eso es capaz de encontrarlo hasta en silla de ruedas. Sin embargo, nuestros gobernantes, que distan mucho de ser sabios, huyen verdaderamente en kilómetros y no les sirve de nada. Como en todo camino iniciático, y ya digo que el de Santiago lo es, lo que se encuentra al final es uno mismo. No sé si después de haber seguido al sol hasta el verdadero Finis Terrae nuestros políticos se verían por fin en sus mentiras, su desfachatez y su cinismo. Pero es otro fin del mundo al que ellos escapan. Hay viajes para buscar y hay viajes para huir. En Cuba o en Croacia están solamente lejos, ni salvados ni invisibles ni sin culpa. Hasta ese fin del mundo suyo en el que intentan refugiarse, todavía llega la verdad como un oleaje.

16 de agosto de 2008

Los días persiguiéndose: Sindicalistas (16/08/2008)

Los sindicalistas empezaron incendiando o mojando el carbón contra el capital y la explotación y han acabado en los sillones de orejas del poder, siendo jefes de sus vacaciones, funcionarios del paro y fogoneros de los partidos. Precisamente lo que define y distingue en un principio al movimiento sindical es su defensa de los trabajadores más allá de objetivos políticos generales, pero de atrancar las máquinas, rebelar telares y aplastarle el sombrero al patrón parece que la cosa pasó a entremeter en las fábricas la propaganda de las ideologías, ir soliviantando al currante contra lo que convenía, arrimarlo al voto más o menos rojo, sacarlo a bailar a la calle o no según quién gobierne y convencerlo de que tal partido le va a dar más trabajo, colchones o botijos. Los grandes sindicatos, es decir, UGT y CCOO (al resto, ya ven, se les suele llamar “independientes”, aceptando la sumisión de estos dos), son sucursales de la política en el tajo, y eso se nota en que su interlocutor no es ya el empresario, personaje secundario, sino la Administración y los despachos de los partidos. La gran trampa que ha adormecido a los trabajadores, como a los niños a los que se les da un chupete mojado en anís, se llama concertación social, nombre manso que esconde ese prorrateo en el que los sindicatos “mayoritarios” se aseguran subvenciones públicas a cambio de mantener a la tropa calladita, mientras que los políticos tranquilizan con eso mismo a los empresarios, que sólo son como carteros de todo aquel tejemaneje interno. Hay unos sindicatos que ya no hacen ruido con las tuercas, ni traen un nuevo siglo ni una revolución de bieldos para arriba. Sus dirigentes sólo esperan ese funcionariado del “liberado” en el que crecen tan bien sus barbas, el dinero bajo cuerda o la recompensa que les regale el poder como una ínsula. Si empujan a la gente a la calle, adornados de mendrugos, es para cantar rondallas a sus políticos o someterlos a un pequeño chantaje cuyo fruto suele ser siempre el mismo: el silencio comprado.

En la Bahía de Cádiz iba a arder el agua como en un abordaje pirata porque Delphi se cerraba. Pero se cerró y no pasó nada. La Junta habló de “parados con perspectiva”, hasta de “oportunidad histórica”, y los sindicatos dóciles, amancebados con sus dueños políticos, guardaron los hierros y se echaron a dormir bajo ese sol gaditano que es como una fundición detenida. Empresas informáticas, aeronaúticas o en general esdrújulas, que vendrían por el impulso modernizador de la Junta y el poder mágico de su Verbo, iban pronto a recolocar a sus trabajadores. Este discurso increíble, esta tomadura de pelo, no sólo no rebeló aún más a los sindicatos, sino que los arrellanó en el silencio e incluso en la alegría. Un año después, el que fue presidente del comité de empresa de Delphi, Antonio Pina, de CCOO, se atreve a decir, en una carta abierta con el tono de aquéllas a los corintios, que están “a mitad del camino”, floreando además la amarga espera o decepción como si fuera un relajo, un balneario y hasta una ganga. Luego hemos sabido que Antonio Pina ha solicitado el carné del PSOE y todo ha acabado resultando tan transparente como repugnante. Ésa es la perspectiva verdaderamente prometedora aquí en Andalucía, el carné del PSOE, formar parte de la “familia socialista”. Los sindicalistas ya tienen otro amo, el poder les abraza, la traición les compensa. Hicieron, en otro siglo, por supervivencia y dignidad, la revolución entre el vapor y la tizne cafetera de las fábricas, cuando eran poco más que esclavos, morían los niños bajo sus chimeneas y la protesta obrera se consideraba delito. Ahora, sirven dentro del escalafón político, como agitadores o amansadores del proletariado, según convenga. Algunos deben de cobrar lo suyo sin mirar a los ojos, como las prostitutas.

14 de agosto de 2008

Los días persiguiéndose: José Tomás, dios hispánico (14/08/2008)

En El Puerto de Santa María pusieron estos días una enfermería para dioses, que aquí cuando se hieren sangran claveles en agua bendita y pañuelos de mujer morena. Hay un modelo grecorromano de dios o de héroe, que es el que vemos en Pekín persiguiendo sirenas hundidas, cincelándose los muslos o abrochándose el viento en la clavícula como una túnica, y otro modelo hispánico que es un Corazón de Jesús abierto desde el cuello, un bailarín atravesado por los cuernos de la luna o un poeta borracho de su sangre panificada. Los dioses clásicos eran carreristas y rijosos, con alas en los tobillos y falos adornados con acanto. Amontonaban las nubes, conducían el carro del sol y se beneficiaban a las mortales atravesándolas con un caduceo, todo en la misma gimnasia. Fue el cristianismo el que impuso a los dioses llagados, apaleados, cosidos, castrados y vencidos. Es la pulsión de muerte, que diría Michel Onfray, auténtica contramoral al nietzscheano modo que además se convierte en estética. Aquí hacemos barroco con la sangre y por eso los dioses heridos o muertos parecen candelabros. La religión con sus empalamientos, las ideologías con sus fusilados y hasta el arte con sus locos o flacos autodestructivos, están llenos de la gloria del morirse o del sufrir, opuesta a la gloria del vivir y el gozar: gozar es malo, pecaminoso, aunque no haga daño a nadie, y lo virtuoso es vivir con el cuerpo a tiras, vivir con asco de vivir, el morir por no morir teresiano, el morir cuchillero de la santidad.

José Tomás no desentona con este verano de suicidas ni con esta cultura nuestra de la muerte como una madre. No voy a hablar de toreo, porque no sé, aunque pienso que para ver en la tauromaquia la carnicería sádica que dicen los ecologistas margaritos hay que ser un zoquete. Allí están el tótem, la caverna iniciática y el dragón por vencer (uno mismo). Que sea o no arte, en eso no entro. No voy a los toros como no voy a las carreras de caballos: esa estética de lo quieto o de lo veloz no me compensa ante el circo de pamplineo y rancidumbre, de castas y escalinatas, con que se rodean. No, no voy a hablar de toros, pero José Tomás tiene la silueta y la vocación de todos los dioses hispánicos, del cristianismo de pies ensangrentados y huesos quebrados, aunque él no es beato, no se amortaja en las capillas ni se mete estampitas en el paquete. Enamorarse de la muerte como de la más morena de todas las mujeres es la vanidad de estos dioses con postillas y José Tomás se bebe su cáliz y sale un poco yacente a los ruedos, a fundar de nuevo esa patria de sufridores en la que se reconoce cierta España más flagelante que heroica. José Tomás se está haciendo un dios como sabe que hay que hacerlo por aquí, y eso no es locura sino tradición. Sobre heridas gloriosas, sangre macerada, sacrificios orgullosos y martirologios de la historia se han levantado imperios, iglesias, nacionalismos, políticas, líderes, camelos. Andalucía misma es la larguísima postración de un doliente o un descabalgado, y ha terminado seducida por su desgracia y sus cicatrices hasta el punto de definirse en ellas. Se llama síndrome de Münchhausen a esa enfermedad que empuja a inventarse o provocarse dolencias para obtener atención o cariño. Seres todopoderosos, santos torturados, artistas hacedores de silencios y hasta pueblos colgados por su ingle quizá cayeron en eso. Los dioses hispánicos tienen que supurar o morir para serlo. Pero yo afirmo que es inmoral construir la existencia sobre el sufrimiento. Ni la eternidad lo merece.

12 de agosto de 2008

Los días persiguiéndose: Viudas entre perlas (12/08/2008)

Es un cristo con banderas y a mí no me gustan ni los cristos ni las banderas. Blas Infante, jarrón de flores, acerico de mástiles, ceniza encajonada, símbolo gladiador, campana del andalucismo, está como en su entierro eterno, llevado y traído por los políticos con el tamaño de bronce de los muertos. Los muertos tienen una gran capacidad fundadora y los vivos tienen un hambre insaciable de huesos, y entre una cosa y la otra se han levantado religiones, ideologías, patrias y muchas estatuas de todo ello, pues quizá todo se queda en la estatua, que es lo único que pesa de esas ideas, ya sean verdaderas o falsas, honradas o malvadas. Los políticos se convidan al muerto de Blas Infante, quedan o faltan para adecentar sus parterres igual que su peinado, se visten de novia o de florista, esperan que reverdezca su espíritu en una rama y forman junto a él algo como una obra con hormigonera. Un domingo de cal y rezo que seguramente no hace ni política ni patria ni hijos, sino verdina en la estatuas y cotilleo de funeral, tan perverso. El amaneramiento alrededor de los cadáveres siempre resulta enfermizo, como en aquella ópera de Korngold, La ciudad muerta, con ese marido obsesionado con su mujer fallecida, su fantasma o su reencarnación. Escenificar la Andalucía viuda puede ser simbólico y macabro, tierno e hipócrita, sentimental e interesado, pero lo peor es que sea inútil. Alguien tendría que decirles que no se trata de pasear espectros, saludarlos con el sombrero o escupirles a la cara. Ya hay demasiados fetichismos en política y éste de cementerio es de los peores, aunque suene a poema de Poe. Bastaría que trabajaran más por Andalucía, en vez de ir a colgarle exvotos al pobre Blas Infante, que ya carga con el pelo podrido y los bragueros desarmados de todos los andalucismos esencialistas, melancólicos, funcionariales, orgánicos, folclóricos o conversos que hemos ido dando.

Blas Infante es un cristo con banderas y ya digo que a mí no me gustan ni los cristos ni las banderas. Pero no se trata ahora de florear las patrias o de renegar de ellas. Yo no creo en patrias y menos en que tengan padres con forma de paloma, silueta de escribiente o alma de aceituna, pero eso es sólo mi opinión. Lo que sí es cierto es que a Blas Infante lo han hecho algo así como hermano de Hércules o de sus leones peluqueros, un mito fundacional interesado que sirve para amazacotar el concepto de Andalucía y para que los políticos manejen su herencia, que no es tanto una serie de ideales o sentimientos sino la misma legitimidad para hablar en nombre de esta tierra, cosa bastante más peligrosa que tierna. Es por esto, y no por fidelidad al espíritu o a la intención de Blas Infante, que los partidos se pelean ahora por quién quiere más al padre y quién llora más y mejor entre sus piernas de ahorcado. No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dijo este hombre que se ha convertido en catafalco y en carroza de Andalucía, pero eso no importa. Importa recordar sus objetivos, sus aspiraciones: justicia, igualdad, dignidad para unas gentes castigadas y pobres que pueden o no formar un pueblo o una patria, pero cuyas necesidades eran y son realísimas, entonces y ahora. Los políticos escombran el verano con patrañas y muertos gloriosos, se comen las flores o mandrágoras repugnantes que les nacen en la tumba, se suben a sus caballos, les roban las banderas. Los he visto depositar ramos y llorar falsamente como algunas viudas entre sus perlas. Se casan de luto, un año más, con Blas Infante, para volver a dar hijos traicioneros y olvidadizos. Sabemos que nunca hay que creer lo que se dice en la cama ni en los cementerios.

Somos Zapping 11/08/2008

El zoo. Cómo serán el peso, la zurrapa y el algarrobaje de vulgaridad que le otorga a la tarde María del Monte que ahora, en agosto, su sustituto Rafael Cremades me parecía Pedro Piqueras. Me lo encontré inesperadamente, tras quedar yo atrapado y estupefacto por un teatrillo que hacía El Linterna con un par más de esos chistosos de porqueriza o borrachos de boda que vienen hocicando en el programa desde hace un tiempo. Me arrepiento de haberme metido una vez con los sketches sin guión de Los Morancos, que ahora se me hacen comparables a los de los Monty Python al lado del humor de lobotomizados que perpetran estos botarates. Sí, aquello era como si la cámara hubiera enfocado durante unos minutos una jaula de monos revolcándose, haciendo mojigangas con los morros y palmoteándose el culo, mientras Manolo Sarriá chillaba pidiendo plátanos. Fue cuando volvían a su asiento, con cara de haber hecho de vientre entre la paja, que me fijé en que estaba allí Cremades, el pobre, forzando una sonrisa que por primera vez me parecía que intentaba disimular auténtica vergüenza. María del Monte encajaba en aquello como la madre de todos esos churumbeles puercos, y quizá no nos habíamos dado cuenta realmente de cuánto había bajado el nivel del programa, a la altura de un campeonato de pedos, hasta que vimos allí a Cremades, también maestro botijero de lo andaluceante, y que sin embargo se diría que era un lord que había bajado, equivocado, a la sentina. Lo de María del Monte ya era un zoo. Cremades parece que se va a dedicar más a las entrevistas a las bisabuelas. Se ha rendido a la evidencia de que para presentar aquel chistosismo hace falta dominar el lenguaje de las bestias, y no todo el mundo está tan preparado como María del Monte.


Orgullo y ripio. Aún estaba María del Monte cuando el programa se adobaba en otra fiesta típica, esta vez las Colombinas de Huelva. Por cierto, impagable el chiste “colombino” que nos regaló la presentadora, que no es nada graciosa sino que se limita a ser la estanquera sonriente de su catetismo no exento de guasa: “Claro que si Colón en vez de ir de aquí p'allá, viene de allá p'acá, ¿seríamos nosotros americanos?”. Menudo destello de ingenio entre los chistes de flojos y muertos de hambre de sus compañeros. Pero no fue lo que me llamó más la atención aquel día. Esas fiestas y ferias siempre retratan vivamente los vicios del ser andaluz, pero a mí me resulta especialmente inquietante y triste ese chovinismo ternurista, infantilón, que nos define como seres simples, madreros, que nos hace primitivos y pequeños en la satisfacción palurda del universo de nuestro barrio o nuestro pueblo. En una de las conexiones con las Fiestas Colombinas, unos señores levemente cantantes, ya macerados en el vino de su raza, nos dejaban esta declaración de catetismo ingenuo y febril: “Yo soy de Huelva y quiero a Huelva, porque sí, porque es distinta. Azul y blanco los colores de mi cielo, y en el Conquero está mi Virgen de la Cinta, la que yo quiero, ay”. Ya ven, Huelva es distinta (todos los sitios lo son) porque el cielo es azul y blanco (como en todas partes, aunque no coincida con el color de la bandera) y hay una Virgen (como en cada parroquia). Qué simples somos, en nuestros amores, deseos, gustos, afanes, paroxismos; qué felicidad de necio la de estar sencillamente en el sitio en el que nos ha arrojado la casualidad, qué pena ser siempre tan risible e indefectiblemente pueblerinos y, además, hacer de eso un orgullo, un valor y un ripio.


Trogloditas. Era un anuncio de Huesitos, era la película de los Picapiedra, era quizá Andalucía festejando ese atraso suyo un poco cromagnon. España directo nos enseñaba la fiesta troglodita de Piñar (Granada), que consiste en vestirse de leopardo, llevar garrote y collares de dientes, bailar “danzas africanas” (?) e inventarse troncomóviles. Era una prehistoria de dibujo animado, anacrónica como la que nos mezcla con dinosaurios (nunca el hombre coincidió con ellos). Aquello parecía divertido, si no fuera porque yo no podía evitar ver allí el más exacto retrato de lo que somos tantas veces: gentes orgullosamente primitivas celebrándose con gruñidos y estacazos.

Los días persiguiéndose: Fiesta en Tien An Men (10/08/2008)

En Pekín han hecho caligrafía china en el cielo, en los ojos de miles de muchachas y en las espaldas de miles de atletas, pero los fuegos artificiales sobre la Plaza de Tien An Men eran como un tiovivo colocado encima de una tumba. China extiende sus sábanas y dragones sobre sus crímenes, y me doy cuenta del horror que representa que el mal pose como algo grandioso, emocionante y plástico. Reflexiono sobre la justicia y la belleza, después de que la mayor dictadura del mundo haya caminado sobre papel y subido sus tambores y espadachines a las nubes y a las banderas, asombrándonos. Gran ceremonia que pone biombos a los muertos, coreografías de ciempiés, música de palitroques con que suena la sincronía de los esclavos. Era hermoso y terrible, como los funerales de los soldados, como ciertos sueños sobre el fin del mundo (los míos están siempre llenos de luces, olas y planetas). El olimpismo es una farsa, negocio y propaganda que quieren adornarse con las hebillas y los muslos de los dioses. Sobre los Juegos Olímpicos han volado las águilas forjadas del nazismo y se ha hecho guerra fría con metales nobles, pero hoy en día, son sobre todo una gran antorcha de dinero portada por oscuros y venales comités, siempre con la aureola de la sospecha y la corrupción flotando sobre ellos. Eso del hombre contra sí mismo da para poemas, manos haciendo palomas y piscinas llenas de fuego y niños, pero allí se vende otra cosa. Se le regala un escaparate a una dictadura, se le deja que hable cínicamente ante el mundo de los más bellos ideales y que haga una colada de banderas con las manos negras. Ellos ponen flores en el cielo y columnas a los pies de los héroes, bailan sobre bosques de bambú, nadan entre flecos, y el planeta admira cómo envuelven en seda y tallarines su suciedad, su tiranía, su opresión, sus cadáveres. Tien An Men estallando en colores era el aquelarre de la mofa y la hipocresía.

Mala época para hablar de justicia, de derechos humanos, ahora que las naciones compiten por su orgullo y el pueblo quiere ver a sus campeones como a caballos brillantes de sudor y nervio. Olvidamos el crimen apenas nos ponen bellas cortinas y llamas delante de la verdad, apenas nos prometen la gloria del triunfo derramándose en nuestro verano de comodones. El olimpismo es una farsa y Pekín no quiere paz ni espíritus volando ni muros que se salten. Una farsa parece también nuestra democracia. Si hay algo que hoy me da aún más risa que ese espíritu olímpico de los forzudos emputecido por el totalitarismo chino, es aquel espíritu de las leyes del que habló Montesquieu emputecido por los jueces de aquí. En Pekín bailan con los muertos como en su año nuevo, pero sólo nos incomodará el horario de las competiciones. Aquí, el juez Urquía se vende a Roca prevaricando contra un derecho fundamental (el de expresión) y el Tribunal Superior de Andalucía lo condena a la pena mínima salvándolo de la cárcel, pero eso no nos alterará ni la siesta ni la piscina. Reflexiono sobre la justicia y la belleza, después de la ceremonia egipcia de inauguración de los Juegos. Citaría a Platón, si no fuera yo tan antiplatónico, así que me quedo con Makinavaja: “En este mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética”. Pero cuando la estética es un sobredorado de la inmoralidad, ni eso nos queda. Reflexiono sobre la justicia, en la vieja China marcial o en esta Andalucía corrupta. Los ayuntamientos y los juzgados parecen a veces una fiesta en Tien An Men: burla a los muertos, insulto a la libertad, celebración estruendosa de los cínicos.

7 de agosto de 2008

Los días persiguiéndose: Los dueños de Barenboim (7/08/2008)

Los músicos eran criados, apenas palafreneros, hasta que el romanticismo los hizo artistas, gigantes con cabeza de estatua. El primer gran músico artista, según ese nuevo ideal, fue seguramente Beethoven. Pero a Mozart, paradigma del genio, lo echaron a patadas de la residencia vienesa del arzobispo Colloredo, por contestón. Y ni siquiera Lully o Händel, que en las cortes francesa o inglesa fueron el nombre mismo de la música, significaron para sus reyes más que los maestros de banquetes. Obras hoy consideradas sublimes eran mero acompañamiento a la cocina, los rezos o las meadas de la aristocracia. Y si algún músico, generalmente un cantante, llegaba al divismo, como el castrado Farinelli, así llamado porque hacía “harina” las trompetas que osaban retarle en agudos y coloraturas; o la Cavalieri, para la que el mismo Mozart escribió arias desmesuradas en longitud, escalas y adornos (en El rapto del serrallo, por ejemplo), era aquella fama únicamente la de unos acróbatas.

Sí, tuvo que llegar el romanticismo para que un auditorio se sentara con conciencia de que iba a escuchar arte. El músico ya no era un siervo, ya no se debía al rico, al monarca, a sus ganas de bailar o cazar o folgar; se debía a su arte, a su editor y a su público. Los estrenos de Beethoven, Schumann, Verdi o Wagner eran todavía auténticos acontecimientos sociales. Sin embargo, más tarde se produjo otro giro. Con el siglo XX, la música en sus formas e instrumentación clásicas (sinfonías, conciertos, sonatas, óperas...) dejó de ser “popular” y empezó a ser minoritaria, elitista, académica. A la vez que esta música (no diremos ni clásica ni artística, sino que emplearemos el término que usó Leonard Bernstein, el de “música exacta”) se alejaba en su evolución del gusto del pueblo (atonalismo, música aleatoria, experimentos con sonidos electrónicos, ruidos y performances a veces extravagantes), otras nuevas músicas, sencillas, de origen popular, con instrumentación, armonías y ritmos más simples, se imponían aupadas por la grabación fonográfica y la radio. A partir del jazz y el blues, la música ligera, melódica, el rock y el pop serían la nueva música “para todos”, mientras que aquella otra se iba convirtiendo en arqueología. Imposibilitada para subsistir de ella misma, las formas tradicionales de la “música exacta” necesitaban protección, mecenazgo, subvención de instituciones privadas o públicas. Esta es la situación en la que nos encontramos hoy.

El músico es otra vez, de algún modo, rehén de nuevos dueños, normalmente los políticos, para los que la cultura es sólo propaganda, lujo y aureola, igual que para aquellos reyes lo eran las comilonas con cisnes de hielo y suites orquestales. Pero el músico sigue siendo músico, el genio sigue siendo genio, el arte sigue siendo arte. Me duele (perdón, amigo Paco Robles) cuando a Barenboim lo comparan con el rebote de una pelota. Me es imposible criticar al que me trajo a Brahms acompañado de una náyade, aquellas sonatas junto a Jacqueline du Pré como acariciando los dos juncos con las manos en el agua; al que me dio su Beethoven a la vez atormentado y cristalino, y además ahora quiere salvar el mundo con música. Como ha ocurrido siempre, los dueños del artista nunca están a su altura. Los que no ven el arte, el talento excepcional, porque al músico lo acompañan burócratas y cocineros, sin duda tampoco.

4 de agosto de 2008

Somos Zapping 4/08/2008

TDT. Me han llamado, entre la viudez y la impotencia, trabajadores de una pequeña tele de pueblo. La Junta, cachondeándose de la ley y del recato, los ha dejado en la calle al conceder las licencias de la TDT a empresas de amigotes políticos, a satélites de los grandes grupos mediáticos afines, a forasteros sin arraigo. He hablado con ellos, esforzados locutores de cuarto de escobas, camarógrafos como sherpas que además son montadores y redactores. A algunos los conozco. Son de esa gente que puede hacer toda la parrilla de programación entre cuatro, después de haber perseguido Vírgenes y puestas de sol por las calles; de los que conocen a los chiquillos de los equipos alevines como a sus hijos, de los que llevan años entre pregones lamiosos y verbenas del pimiento, intentando adecentar lo hortera o dejándose llevar por el catetismo, eso da igual. Alguna de estas televisiones que tendrán que cerrar es más antigua que Canal Sur. El caso es que el poder político no solamente ha establecido por los pueblos una nueva red de control, sino que se dispone a acabar con ese modelo de televisión cercana y en pequeño, con los mismos amores y defectos de la plebe, en favor de franquicias y delegaciones de otra cosa. Yo soy de los que ve la tele local por morbo. Sus beaterías y paletismos me dan risa. Pero lo que ha hecho la Junta con estas licencias de la TDT es de bellacos. Me han llamado trabajadores de una pequeña tele de pueblo, y me han contado que habían hablado con la alcaldesa socialista, su única esperanza, por si los recolocaban en la nueva que ha de venir. Vean cómo funciona la cosa. Vean a qué se dirige todo esto.


La reflexión del agua. Han hecho paredes con el agua y han congregado al mundo en una propaganda de parasoles. A la Expo de Zaragoza, especie de oasis con barandillas, ha llegado también Andalucía cargada de viejos pellejos y en Canal Sur parecía que llevábamos el invento de las cataratas. Que las sucesivas modernizaciones de esta tierra que nos intenta vender el poder son un eslogan de refresco lo demuestra el hecho de que a Zaragoza nuestros prebostes han llevado toda la habitual botijería de tópicos, la albardonería decimonónica con la que aún nos definimos: caballos, vino, abanicos, flamenco, gitanas con guitarra y hoguera, el sol como medalla y la alegría como borrachera. Es como cuando uno visita ciertas ciudades monumentales y ocurre eso tan desconcertante de llegar a un rincón donde no se puede encontrar nada que te sitúe en el siglo XXI. Pues ahí estaba, en la noticia de Canal Sur, la Andalucía expositada en Zaragoza, como una diligencia entre la aviónica de este siglo, eternos antepasados de nosotros mismos, sin rastro de segundas o terceras modernizaciones, cantareros de toda aquella agua tan actual y estilizada. Aunque, eso sí, según nos contaba la voz en off sobre las imágenes de la consejera Cinta Castillo, aportábamos un descubrimiento prodigioso, de una tecnología casi extraterrestres: “La aportación de Andalucía a la reflexión del agua llega a la Expo de Zaragoza”, nos decía. Cómo serán nuestros centros tecnológicos que hemos conseguido que el agua se comporte como las ondas de luz o de sonido y sufran el fenómeno de la reflexión. Pero no, me doy cuenta de que aquello no tenía nada que ver con la mecánica ondulatoria y que la frase era solamente una pura tontería. No, ningún invento. A la Expo sólo habíamos llevado canastos, palanganas y romanceros.


Tranquilidad. Desde la Casa Rosa, la reportera de Canal Sur, que siempre parece una monjita en la Plaza de San Pedro, nos contaba risueña el balance del Gobierno andaluz en sus 100 días, una buena nueva que merecería campanas y quizá hasta sonaran de fondo realmente. Luego, las imágenes y las palabras de Chaves: “Podemos trasladar a las empresas, los trabajadores y los ciudadanos en su conjunto un mensaje de tranquilidad, de serenidad y de confianza en las posibilidades de la economía”. Sin comentarios. Se iría Chaves tranquilo de vacaciones después de esto...

Los días persiguiéndose: El portador de la luz (3/08/2008)

He visto a Miguel Sebastián posar en estas páginas como el portador de la luz y me he dado cuenta de que el Gobierno es una pasarela de musas y sus novios. Llevar un país debería parecer un trabajo ferroviario, manejar pesadas ruedas con las manos y la inteligencia, honrados por la tizne. Pero los ministros del zapaterismo se conforman con ser inspiración, alegoría, pinacoteca. Hablé de los ministerios simbólicos cuando irrumpió Bibiana Aído, que no es una sierva de Apolo/Zapatero como Briseida, ni una tejedora de banderas revolucionarias, sino una ministra perfume, una portada dominical, apenas un pestañeo, una idea envuelta en gasa. Para seguir haciendo de la política metáfora, Miguel Sebastián se ha vestido también de icono, de escudo, levantando sus bombillas o antorchas griegas, un poco entre el olimpismo y los mitos fundacionales del ser humano, pero como en calzoncillos de todo ello. El portador de la luz era Lucifer, nada menos, según ciertas leyendas amo del fuego y del espíritu. No la personificación del mal, sino de la inteligencia, contrapeso a Adonai, el amo de la materia y de la tierra, que creó al hombre con la intención de hacerlo su esclavo. No está lejos de simbolizar lo mismo el mito de Prometeo. Pero dejemos a Dios y al Diablo, que al fin y al cabo son vecinos y están en el mismo negocio. Lo que quiere uno decir es que hasta pretendiendo ser simbólico, esto es demasiada mitología para Miguel Sebastián, que parecía que formaba parte de un calendario de electricistas. Si esas leyendas nos querían contar que la inteligencia y la insurrección nos alejan de la servidumbre a dioses u hombres, Miguel Sebastián, coronado de luces, representa a un Gobierno que precisamente ha sustituido la inteligencia por una suerte de fe buenista, la rebeldía por la complacencia y la acción por el posado, para condenarnos a una esclavitud de palabrería y campanillas.

No es extraño que los estudios demoscópicos nos hablen ahora de “clima de desconfianza” entre los andaluces o de descrédito general de nuestros políticos. No ayudan los ministros haciéndose fotos como sotas, curando por el aura, rezando a las flautas y a las linternas. Miguel Sebastián quiere solucionar la crisis regalando bombillas y Chaves “cogiendo al toro por los cuernos”, pero así lo que sale es un picasso, no una solución. Usan la magia, el camelo, la dádiva y la estupidización que fomentan en la sociedad con el aniquilamiento de la enseñanza pública, la vulgarización de la cultura y el reinado del forofismo político. No sólo se disfrazan de pitonisos, sino que usan su misma lengua de humo. Nos enteramos de que en el Parlamento andaluz quieren organizar un curso de oratoria porque los políticos hablan como macarras. Sin embargo, el Trivium de los antiguos ya nos decía que la retórica necesitaba de la gramática, pero sobre todo de la lógica. No hay lógica en sus discursos, no hay inteligencia en sus actos, sólo organizan piñatas que ellos se empeñan en seguir llamando política, ante el público infantil y cegado que se han fabricado para perpetuarse. Ni ministros ni gobernantes, sólo vírgenes de los desamparados, curanderos de jarabe, salvadores visionarios, mujeres de Delacroix, alegorías con cayado y pretendidos portadores de la luz que sólo parecen mineros. Un Gabiente, en Madrid o aquí, como un Tarot loco. Antes de que la Iglesia se inventara al Diablo parrillero, un Lucifer que no tenía nada que ver con satanismos simbolizaba la inteligencia y el espíritu (el espíritu no como sustancia, sino como voluntad). Miguel Sebastián, con traje de bombillas, no es el portador de la luz, sino otro cerillero del pensamiento débil.

Los días persiguiéndose: 100 días (1/08/2008)

Celebremos los números, ya que no hay otra cosa que celebrar. Un día el ser humano se dio cuenta de que el tiempo era circular y eso nos trajo a los dioses relojeros, las cosechas y los primeros intentos de ciencia mezcla de cocina, agrimensura y magia. Creamos los números y la geometría para seguir al carro del sol. Entre nuestros mayores inventos se suele olvidar el calendario, que puso al hombre por primera vez en un universo ordenado y por tanto predecible, interrogable. Todas las celebraciones de calendario, que empezaron por los solsticios, tienen la misión de recordarnos que vivimos repitiendo ciclos eternos, que el universo que es una clepsidra que miramos y nosotros una sombra que crece y mengua. Primero fueron los astrólogos y los sacerdotes, pero luego acabaron jugando con esto los centros comerciales y hasta los políticos, que ahora nos venden sus 100 días de gobierno como otra revolución solar. También los números redondos cumplen esa función psicológica de devolvernos el orden y el equilibrio cíclicamente. Usamos el sistema decimal porque tenemos 10 dedos, aunque no es la única manera de contar con la manos. Los babilonios lo hacían desplazando el pulgar por las tres falanges de los otros cuatro dedos y levantado luego un dedo de la mano libre por cada 12, o sea, hasta 60. Aún medimos las horas y los ángulos usando como base este sistema sexagesimal (la circunferencia tiene 360 grados porque los babilonios asignaron 30 dioses a cada una de las 12 casas en las que dividieron el zodiaco). En realidad, la matemática es ajena a los dioses y funciona igual sin importar el sistema de numeración. De hecho, los ordenadores usan el tan famoso sistema binario, sólo con los dígitos 0 y 1, y con eso están construyendo el mundo moderno, el mundo digital que etimológicamente también viene del dedo. Sin embargo, aunque la matemática fuera considerada sagrada un día, para los babilonios o para los pitagóricos, no dejan de ser éstas solamente ficciones humanas para ordenar, describir o tergiversar convenientemente lo existente.

100 días de gobierno, la magia aritmética de estos políticos sacerdotales se mueve como anillos ante nuestra cara igual que en aquellos conjuros para que el sol se volviera a levantar o los dioses volvieran a resucitar, que es lo mismo. 100 días no dan para una era, ni siquiera para una estación, pero su superstición o sus mancias los llevan a hacer balance y a aparecer ante los medios, no porque se haya movido nada, sino sólo para decirnos que el cielo no se ha caído sobre nosotros y que todo sigue ocurriendo a la velocidad uniforme y prevista de lo eterno. 100 días, la ficción del equilibrio y del orden de los números, cuando el caos de la economía, que no sigue a las estrellas sino que irrumpe como los cometas (por eso los asociaban con catástrofes, porque no habían aprendido a predecir sus apariciones), amenaza con envenenarnos como dijeron una vez que ocurría con sus colas de cianógeno. 100 días sin reconocer la crisis para que Chaves nos salga ahora con que han sido 100 días de luchar contra ella. 100 días de un Parlamento autonómico como un planetario en el que se duermen nuestros gobernantes igual que pastores. 100 días de inercia de una Andalucía que se mueve como los grandes mundos gaseosos, en la majestuosidad de un lento gigantismo sin vida y sin calor. 100 días de sombras chinescas en nuestra cueva llena de chamanes, hogueras y leyendas. Celebremos los ciclos eternos, celebremos el tiempo porque existe el tiempo, celebremos que contamos días, ya que no hay otra cosa que celebrar.

Somos Zapping 27/07/2008

El bronceado de la eternidad. Con la camisa rosa y su tipito, parecía un helado de tres bolas al sol caribeño. Zarrías hace en Cuba su embajada de pobre ante los más pobres y de gordito ante los flacos, que es una manera ridícula de ir de rico por relatividad. Sólo en Cuba hay más borriquillos y sombrajos que en Andalucía y quizá por eso Zarrías se va allí todos los veranos, aparte del baño de ron y mulataje que se da a costa del presupuesto y del beso de bigotes que le regala la progresía de aquí a esa dictadura de viejos lagartos que aún les fascina. En Canal Sur, la noticia sonaba con campanas misioneras: la Junta civilizaba una selva o enseñaba a cantar a los cubanitos como a guaraníes. Tanto el reportero como luego Zarrías insistían en que la cooperación con Cuba no tenía “ningún matiz político” sino que sólo pretendía “mejorar las condiciones de vida de los hombres y mujeres del país”. Pero Zarrías visitaba el cuartel de Moncada, donde ayer se celebró el aniversario del “primer levantamiento revolucionario”, o se asomaba al balcón desde el que Castro “se dirigió por primera vez al pueblo cubano”, y eso es mucho fetichismo de lo caqui para ir sólo de hospitalario. En aquel balcón, bajo el que colgaba una pancarta que decía “por siempre”, Zarrías parecía querer impregnarse de la eternidad del castrismo como de un bronceado. Zarrías ofrece ya a las cámaras ese contrapicado de los dictadorzuelos. Sólo en Cuba duran más los gobernantes y los mesías que en Andalucía, algo habrá que aprender de allí. Seguro que Zarrías intercambiaría con los jefecillos de la revolución muchas ideas sobre cómo mantener “la alianza estratégica” con el pueblo, de régimen a régimen, de mando vitalicio a mando vitalicio.


Relicario. Verano en Canal Sur, ropajevero, lleno de croquetas de lo ya emitido... Sólo faltaba la última garbanzada de lo rancio, ese echarle guindas al pavo del franquismo sociológico de Andalucía con Azúcar, canela y clavo. Sarcófago de folclóricas viejas, destetamiento de las de nueva hornada, colada al viento de bragas de lunares aprovechando los retales de Se llama copla y la arqueología de la canción patria que guarda el archivo de La Nuestra como un cofre lleno de dentaduras postizas. El programa que vi lo dedicaron al machihembramiento, en temas y en alcobas, del toreo y de la copla, sangre caliente de tótem y de mujer que gobierna el imaginario castizo y facha de nuestra tierra, la pareja analfabeta que da los más puros hijos de la raza como en un encamamiento welsungo: el arte sin escuela de los cojones y de las niñas de plazoleta, la religión de la tradición, la santería del patetismo y la llaga, el machismo con su héroe y su sirena. Todo esto lo sublimaban, como entre quinqués de los años cincuenta, Gema Carrasco, ahora reconvertida en presentadora, Hilario López Millán y Pive Amador (los dos siguen pareciendo enamorados de su madre cantando). La copla y los toros, metidos los dos en un relicario, olían a meados de nuestra cultura sin cultura.


Barraca. He visto al fantasma de Quintero en el julio desértico de Canal Sur, su voz sin imagen entre refritos de todas sus épocas y cadalsos. Le oí recitar discursos de Edward R. Murrow y luego ofrecer la pantalla al humorismo eructante de Toni Rodríguez. El verismo puede que le valiera un día, hasta que con sus payasos de taberna quiso hacer cultismo por oposición. Parrafada grandilocuente, chistosos de pichas y luego adorno de flamenquito fusión. Menuda moda ésta, impuesta por los ignorantes musicales. Un tal Pitingo hace una versión con quejidos de Killing me softly y ya lo presentan como artista andaluz de vanguardia, como ese hortera de Manolo Carrasco, que se dedica a relinchar ante un piano que sólo parece el costurero o el armarito de su pequeño pony. Tantos falsos artistas como falsos filósofos. Paso ya de Quintero y de sus andaluces de barraca.

25 de julio de 2008

Los días persiguiéndose: Postal cubana (24/07/2008)

Cuba da políticos con tortugas en la cabeza, da coronas de flores sobre una bicicleta, da artículos de verano como las muchachas que llegan a la playa a guardarse tesoros de arena en el culo. El verano empieza cuando Zarrías se va a Cuba en mangas de camisa, como cargado de maní o de gorras o de helados, a pedalear por allí, entre la pobreza con sol y la revolución de los tendederos. Zarrías debe de tener en Cuba una novia de soldado, un padre tísico o una tumba de la izquierda como la de un compositor; algo que, en todo caso, él visita de año en año y a mí siempre me soluciona un artículo que me sale un poco de postal y me recuerda a aquella canción de Sabina con Caco Senante, donde “a las barbas de la revolución le salían más canas cada día”. La de Zarrías es una visita de viejo a viejo, de mecedora a mecedora, de caqui a caqui, de régimen a régimen; hermanamiento de acordeonistas, saludo de camaradas, conversación de cafeteros con perrillos bajo la mesa y grandes ventiladores como de barbería sobre los ceniceros. Zarrías en Cuba no hace política, que ya no es época, sino puro verano, como las axilas y los pies desnudos. O hace ese verano de las embajadas, la sobremesa de la política que coge toda una temporada. Zarrías en Cuba es el símbolo de algo como panameño de nuestra política, la pereza del calor, la sombra de los chóferes y la música de las frutas mientras un sombrero tapa la cara de los dormidos. Zarrías en Cuba, qué demonios, creo que en realidad no hace nada, pero significa mucho.

Cuba es la última fascinación de la izquierda. La URSS tenía el frío viril de todos los proletarios del mundo y a los generales y a los cosmonautas besándose en la boca, pero se hundió. No por la Virgen de Fátima ni por las ganas de democracia, sino por el colapso económico. Es romántico pensar que la libertad siempre termina abriéndose paso, pero lo que hizo que llegara la Perestroika fueron más los mercados desabastecidos, la siderurgia paralizada, la producción energética estancada. Algunos todavía dicen que el primer comunista fue Jesucristo, pero lo que hicieron los soviéticos, sobre millones de muertos escarchados, no fue evangélico sino sencillamente criminal. Aun así, los comunistas de aquí tenían a Moscú como La Meca. Nunca he entendido qué igualdad o justicia pueden construirse con el crimen y la ortodoxia obligatoria, pero el caso es que una izquierda necesitada de mitología sustituyó pronto aquellas torres coronadas de cebollas rojas por cabañas de barbudos con canana. El paraíso comunista se mudó a Cuba, cañaveral de su ideología. Pero el crimen (contra la vida y contra la libertad) era el mismo, con playas en vez de estepas.

En Cuba tiene todavía la izquierda mal asentada en este siglo su coctelería de tópicos y cielos, y el gobierno andaluz su póster y sus chanclas. Zarrías hace en Cuba un verano explorador o misionero, como cada año, uniendo una política de hamaca con el apoyo a una dictadura decadente, empecinada y nefasta. Zarrías hace postales con negritos y ciclistas pero sólo se escapa de una desidia a otra y de una gerontocracia a otra. No va a rescatar ahogados ni a hacer florecer los campos, sino a vacacionar con carga simbólica, la de una izquierda de aquí que se siente hermanada con la uniformidad gloriosa, con la cacharrería populachera, con la épica de los pobres, con la eternidad de los discursos y con los políticos muriéndose de viejos y de profetas de allí, entre la cochambre que ellos mismos han provocado. Zarrías intercambia con Cuba postales y cancioneros de sol y borrachos. Me acuerdo otra vez de aquello de Sabina: “Y el mañana era un niño que mentía, y todos se llamaban Robinsón...”.

Somos Zapping 20/07/2008

La nariz tapada. En Estepona casi le tienen que dar la alcaldía a un bedel, pero no pasa nada: aún salió Pizarro en Canal Sur, con esa especial pachorra que le da hablar con el cuello metido para dentro, para desear simplemente que el próximo alcalde “fuera socialista”. A sus ediles los van imputando uno tras otro, pero quizá en el PSOE y en Canal Sur piensan que los están llamando para la mili. “Su situación procesal resta fuerza a su candidatura de alcalde”, decía la noticia el día del pleno, refiriéndose a Rafael Duarte. Para Canal Sur, estar imputado en una trama de corrupción de esta gravedad no era más que una “situación procesal”, que suena a que el hombre estaba maluscón, y además eso sólo “restaba fuerza” a su candidatura. “Debe ser el partido quien valore si ocupa o no el sillón de alcalde”, insistían. El PSOE parece que se empecina en hacerse la ensalada con la lechuga podrida que le ha quedado en Estepona. Ante la corrupción política, les pueden más las ganas que el asco, como ésos que son capaces de beberse el café con una mosca ahogada dentro. Han perdido la decencia igual que la higiene. Lo de la “tolerancia cero” en realidad significa meter la mano otra vez en la cloaca, a ver qué se puede seguir sacando de allí. La disolución del ayuntamiento, ni se la plantean. Todavía se puede respirar con la nariz tapada. Ellos lo hacen mucho.


Insolencia. Cámaras de cuentas, juntas electorales, graves señores con pelucón de los que los barandas de Canal Sur se ríen como se ríe María del Monte, sin contener ni disimular la grandiosa y placentera meada. Expedientes por manipulación, irregularidades en las contrataciones, nada, suave papel del váter para los que se han instalado en la insolencia, que es un grado más allá de la vileza. Que pida Javier Arenas la dimisión de Rafael Camacho, de la dirección entera de Canal Sur Televisión, que sonarán las carcajadas en los despachos del poder igual que suenan en sus platós las de los andaluces atinajados por la vulgaridad. La Cámara de Cuentas nos dice ahora lo que ya sabíamos, que Canal Sur hace ricos a los arrimados, amigotes y carguillos del PSOE, a sus productoras pata negra con pátina de pringue jamonera; que les cría la papada al estilo Joaquín Petit con dinero público y vuelve a tratar a la Autonomía como a su puta gratis. Cómo se reirán en Canal Sur... ¿La Cámara de Cuentas? ¿Acaso los ha elegido el pueblo? Canal Sur no es sólo la máquina perfecta de la propaganda y el atontamiento, sino la gran teta para toda esta caterva alobada de pajarracos o chanchos. ¿Alguien imagina que renuncien a todo eso? No, no se irá Rafael Camacho, uno de los personajes más nefastos y vergonzosos de nuestra vida pública. Se reirán mucho de la Cámara de Cuentas, como de la Junta Electoral, como de todos nosotros, y seguirán emputeciendo a Andalucía y chupando de ella, con insolencia y satisfacción.


Calidad de vida. La calidad de vida en Andalucía debe de ser algo así como nuestra estampa de mejicanos a la sombra. Otras comunidades son ricas o prósperas, pero nosotros tenemos, dicen, “calidad de vida”, un concepto superior e incluso un poco epicúreo. Dejemos para los necios el dinero, que la sabiduría y la felicidad están en otro sitio, con pajarillos y escudillas. Me fastidia mucho cuando dicen eso de la “calidad de vida” andaluza y me he dado cuenta de que donde no dejan de repetirlo es en Tecnópolis y en Salud al día, esos dos programas que hacen juego como una oferta de yogures de frutas. “Cita con la innovación y la calidad de vida en Andalucía”, insiste Roberto Sánchez Benítez como desde un patinete, para decirnos quizá que tenemos que contentarnos con sol y tomates (no es exageración: para Tecnópolis, también son innovación los tomates). La gracia vino a continuación, cuando el ejemplo de calidad de vida andaluza que nos ofrecía el programa era un reportaje enterito dedicado a la siesta. La siesta, nuestro vicio, nuestra metáfora, ese hondo dormir en la tibieza de nuestra desgana. Quizá el siguiente reportaje tratara de los bares de tapas. ¿Calidad de vida? No, quizá solamente hacer de la necesidad del pobre virtud y regocijo. ¿Es que los ricos no tienen calidad de vida?

17 de julio de 2008

Los días persiguiéndose: Ouroboros (17/07/2008)

Dicen que le debemos el descubrimiento del café a un pastor de Arabia que vio a sus cabras bailar después de comer los granos. Aquí hemos visto a los concejales bailar con monedas en los huevos, como el maestro de ceremonias de Cabaret, y hasta al último albañil aparcar todoterrenos en sus piscinas, igual que hidroaviones, y no nos hemos dado cuenta de que la corrupción política y la burbuja del ladrillo nos tenía flipados. Escribió Quevedo que sólo el necio confunde valor y precio, pero el capitalismo se basa en eso mismo. Desde que los chinos inventaron el papel moneda, que a Marco Polo le pareció dinero a capricho que se hacía fabricar el Gran Khan, la economía es un gran juego de rol. El dinero ya no existe en los bolsillos, sino en cielos platónicos; se define y se pesa con otro tipo de dinero; se sostiene a sí mismo como en ese cuento del tipo que vuela tirándose de los cordones de los zapatos; sigue el ciclo de neuras y euforias de los ludópatas, porque es una sustancia mental. La economía es una parte de la sociología o del psicoanálisis. Puede que sea la verdadera psicohistoria que imaginó Asimov. Marx creyó que el capitalismo se comía a sí mismo, que era un poco como el Ouroboros, la serpiente que encierra en su círculo la vida y la muerte, el principio y el fin, la creación y la destrucción. Pero Marx infravaloró la capacidad del capitalismo para engendrar mundos virtuales, donde la nada se alimenta de nada y aun así mueve las ruedas de la realidad. Basta perder la fe para que la economía se hunda. Por eso los economistas parecen sacerdotes o monitores de natación.

“Todo el mundo ha ganado dinero”, dice Emilio Corbacho, de Fadeco, iglesia andaluza de constructores y promotores. En la Babilonia de los ayuntamientos, en el zoco de los trapicheadores, en los bancos hechos de espejos, en las obras que levantaban ídolos por la costa como estatuas de la Isla de Pascua, todos ganaban y engordaban y nadie se acordó del Ouroboros, de los ciclos eternos, de aquella venganza contra el becerro de oro ni de las leyes del capital y de Newton. Pero las familias se endeudaban, caía el consumo y se paraba aquel juguete que pretendía ser el perpetuum mobile, ese sueño al que nunca han renunciado algunos necios a pesar de que va contra la física tanto como que una taza rota se recomponga y vuelva a nuestra mano. A los astrólogos que fallaban en sus predicciones los ejecutaban los reyes y por eso aprendieron a que sus vaticinios fueran oscuros y ambiguos. Los economistas y los políticos salvan el cuello gracias a la misma táctica. Consideran que la economía depende de las estrellas (considerar significa precisamente eso, “estar con las estrellas”) y se excusan con que ni siquiera ellos gobiernan el carro del sol, aunque se esfuercen por interpretar los signos que traen los cometas y los eclipses. Pero no, la economía la hacen ellos, la dibujan ellos, la maquetan ellos en noches sin dormir como el Mysterium Cosmographicum de Kepler, y todos se han dedicado a ganar dinero mientras rezaban para que los pringados, los que se tiraran de las cornisas de la bolsa, fueran el vecino o los currantes o el Estado, pero no ellos. Bailaban las cabras por el café pero nadie quería darse cuenta de que la corrupción política y el ladrillo envenenado eran la decadencia, el crujido de los cataclismos, el estertor de los atragantados. Cuando el Ouroboros decidió que tenía hambre, se tragó a sí mismo y el símbolo de la sabiduría o del infinito se quedó en la nada, que es menos que el caos. Ahora están los ricos y los pobres todos en pelotas, aunque algunos siempre más que otros. Y no hay culpa, sino encogimiento de hombros. Políticos y economistas estarían con la cabeza en un cesto, si no hubiesen aprendido a hablar como los magos.

Los días persiguiéndose: Infanticidio (16/07/2008)

El pueblo debería pasarse por los congresos de los políticos. Vería que la democracia es una piscina de bolas, el atracón de mermelada y el colocón de pegamento de unos niños sin padre y sin colegio. Si quieren ver un lugar donde la adultez ha sido extirpada, vayan a ver a los políticos columpiándose en sus trenzas y pintando en sus acuarelas perros amarillos y flores con manitas. Se equivocan si creen que la política es, como para Platón, oficio de sabios filósofos, o de graves señores con sombrero de tres picos, o de damas bordadoras de banderas (me detuve en Granada frente al monumento a Mariana Pineda y era como la triste viuda de todos nosotros). La política la hacen mocosos, pitufos, abusadores de recreo, ladrones de bocatas, gente con la lengua de trapo, la mente agolosinada y los libros por el suelo. Suben al atril y parecen disfrazados de abejita. Dan discursos y mienten como chiquillos con la boca llena de chocolate. La coherencia, la lógica, la razón, son como matemáticas de otro curso para ellos. Vuelan en sus almohadas, dan palmitas, montan recortables, esperan a Papá Noel, nos asustan con los monstruos de los armarios, terminan la frase con un una pedorreta. Verlos hace fantasear con su infanticidio, como ocurre con los niños muy cargantes.

El PSOE andaluz es un partido morrocotudo, pero sus congresos no escapan a esta descorazonadora infantilización de la política, una infantilización que quizá acompaña a la de toda la sociedad. Sentado en aquel Palacio de Congresos, que olía a globo, uno se sentía como el vigilante de un patio. Resultaba increíble que esos señores de calvas decanas y esas señoras de pomposo magisterio salieran con cucuruchos y bombachos a contarnos cuentitos y a saltar en caballitos de cartón. No es que trajeran demagogia o utopismo; era el abandono de cualquier tipo de sensatez, razonamiento, idea, dialéctica, por un mariposear sin peso, sin fondo, sin inteligencia. Estribillos de guardería, lógica churretosa, parrafadas enteras de ceritos y palotes, hombres del saco y hadas buenas, polvos mágicos y cuatro esquinitas que tiene nuestra cama con cuatro socialistas que nos la guardan. Políticos merengados, parvularios, meoncetes, haciendo de un congreso un anuncio de Nenuco con burbujitas en el culo.

¿Cómo cambió tanto la política? ¿Y cuándo cambió que no nos dimos cuenta? De la política con sotabarba a la política de andador, de aquellos oradores que iban ya con su cuadro puesto a los chusqueros con orejas de burro, de los estadistas con cara de billete a los diputados con cara de tragabolas, de los intelectuales con festón a los ignorantes con abededario de animalitos, de la política como arte a la política como meriendita. Yo los veía en Granada manotear, torpear, balbucear, insultar a la inteligencia, pisotear la razón y el lenguaje y el sentido común, chapotear en su indigencia mental, ensartar tontadas, amontonar cubitos, soltar flatos, dibujar fantasías, rodearse de peluches, meternos el dedo en la boca, tomarnos por imbéciles, y me preguntaba quién puede creerlos, cómo es posible que aún los crean.

Nos dirigen niños sin padre y sin colegio, peor que en El señor de las moscas. Tienen su altura y su idioma y su entendimiento y su maldad sin moral. Me di cuenta en Granada, donde todos se aplaudían como los chiquillos a Xuxa. Lo malo es que un mundo manejado por niños nos convertirá también a todos en niños. Quizá es eso lo que le está pasando a la ciudadanía andaluza. Derrocar a estos políticos, niños abusones y estúpidos que nos estupidizan. Pero, como en aquel largometraje de Chico Ibáñez Serrador, ¿quién puede matar a un niño? Y sin embargo, también en la película el infanticidio era el único camino para la supervivencia.

14 de julio de 2008

Bastidores rojos: Las campanas de Monachil (14/07/2008)

Especial XI Congreso PSOE Andalucía

Estaba yo por Monachil, desde donde Granada parece muchas tribus reunidas en laderas, cuando escuché las campanas de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. Pensé que anunciaban el ascenso de Chaves a los cielos, aunque no sé si como cuerpo glorioso o como crucificado. Chaves ha sido la estampa, pero el Congreso ha sido de Pizarro, el chusquero, el fajador, el alquimista. Chaves no está para discutir, no quiere peleas con la provincias. Sólo a Chaves le ponen el himno, ése del anuncio de aceitunas, pero el que tiene las llaves y las correas es el que se sentó a su lado, cuando la nueva Ejecutiva fue colocándose como un orfeón, mientras los delegados e invitados se levantaban a aplaudir por clanes, por condados, cada uno conociendo y jaleando a los suyos. Aquello era como el Gran Prix de la tele, con los pueblos encajonados en las gradas y animando a sus cucañeros.

El Congreso, para Pizarro, y los augurios, para Chaves. La pregunta no es tanto si Chaves volverá a ser candidato en mecedora, sino si Zapatero tiene poder para jubilarlo. Yo creo que sí. Y creo que es así en gran parte gracias a Pepe Blanco, presente en el día del cierre. Blanco dice “espetativa” y tiene perfil de su chiste; la oposición lo tiene por tontito, pero ha hecho una Ejecutiva Federal entregada al presidente flautista, como odaliscas que lo peinan. No se le da a un payasete la vicesecretaría general, un cargo que nadie había vuelto a tener en el PSOE desde Alfonso Guerra, el gran urdidor, el socialista mefistofélico. Creo que Zapatero, ahora, sí puede enseñarle a Chaves la puerta de salida, aunque lo acompañe con orquesta y tarde en envenenarlo con almíbar. Lo que no sabemos es si lo hará.

Este domingo de cierre de Congreso tenía resaca y cansancio de brazos, como el de los traductores al lenguaje de signos que se habían llevado tres días convirtiendo las tontadas de los políticos en kung fu. Aunque el núcleo de la Ejecutiva ya se conocía, la negociación de tantas sillas, secretarías de aire y vocales de relleno llegó hasta la madrugada, con las provincias peleando con los codos. Poco Jaén, mucha Sevilla (aunque del sector oficialista) y Cádiz, Huelva con más de lo que se esperaba… Dicen que la última en cerrar un acuerdo fue Málaga. Ayer, pues, algunos se lamían las heridas, pero la mayoría se dedicaba sólo a hacerse fotos junto a los logos del PSOE dispuestos en cubiletes, igual que los noctámbulos que terminan en una fuente.

Para el fin de fiesta pusieron un himno del PSOE con arreglos de jazz y llamaron a invitados de la nostalgia, del Gobierno amigo y de su diseño de la “España plural”. Escuredo, Bernat Soria o Montilla, y, como decíamos, también Pepe Blanco, que se escribió el discurso mientras desayunaba y quizá por eso le salió aguado y con zurrapa. A Chaves le dijo que lo quería “para el 2012, para el 13 y para el 14”, pero a mí me sonó con la gangosería de la falsedad. Sacó a la FAES, a Bush, a Obama, a “Mariano separado de Rajoy”... No, lo suyo no es la oratoria. Chaves, en su intervención, dio por bueno el Congreso, en el que por lo visto no sólo habían salvado a Andalucía, sino al mundo entero, y explicó a la oposición las claves del éxito perpetuo del PSOE: defender a Andalucía, tener una idea de ella, innovación y renovación (¡!), valores comunes y cohesión. Ni Ferrán Adriá podría haber dado una receta tan larga para algo tan etéreo como sucedáneo y tramposo.

Ha sido un congreso cansinamente unánime (ni un solo voto en contra de nada), tediosamente previsible y desconcertantemente neutro, como si se hubieran reunido heladeros en vez de políticos. En él no ha terminado de morir nadie ni se ha terminado de salvar nada. Igual que en Monachil, con Granada como un joyero abierto a mis pies, no sé por qué ni para quién doblaban ayer las campanas.

Somos Zapping 13/07/2008

Graciosismo. María del Monte sigue llevando la tarde de Canal Sur como una tractorista de gallinas y mendrugos. Hacía tiempo, ciertamente, que no me paraba a verla. Una vez la encontré entrevistando nada menos que a monseñor Amigo, pero no me apeteció escribir sobre aquello, que parecía la conversación de sacristía entre una de esas Vírgenes del vino y un escribiente del Papa. Hoy, sin embargo, ya ven que sí vuelvo al programa. Y es que, desde hace unas semanas, ha cerrado todos sus círculos, se ha rendido a su esencia, al peso de la más primigenia vulgaridad de lo andaluceante. María del Monte empezó retomando el celestineo otoñal de Juan y Medio y luego experimentó con glotones con la boca llena y azucarada, hizo karaokes o concursitos con amas de casa y teatrillos a cuatro patas, reunió familias numerosas en estampas franquistas o bantúes... Y ahora, por fin, vuelve al más puro cantinfleo andaluz, al corro de graciosos catetos. Cada vez que pongo el programa me topo con Chiquito de la Calzada, con ese otro que cuenta los chistes con guitarrita y palmas (los dos tienen en común que parece que se están meando cuando actúan), y con un par más que se turnan contando chistes de flojos o de pichas a petición del público. Un humorismo puerco, palurdo, borrachuzo, ignorante, coprófago, compitiendo con él mismo en un corral, gracias de pelos en los huevos que mueven a la risotada a María del Monte, unas risotadas de zampabollos como si se riera atragantada de salchichas. Es la rendición final, la renuncia a cualquier tipo de originalidad o calidad. El patético humor que nos retrata como analfabetos, muertos de hambre, rijosos, dipsómanos, machistas y vagos; el más penoso graciosismo andaluz vuelve a donde siempre tuvo su casa.


Maldito lunes. Hay en Canal Sur, últimamente, una especie de maldición de los lunes, en cuyas noches recalan basurillas, desenterramientos o vulgaridades en empecinada alternancia o acumulación. Empezó con Año 400, un bodrio de caricatos que se creían los Monty Phyton y no llegaban ni al Dúo Sacapuntas. Su Hispania entre romana y sevillí no tenía ninguna gracia y el guión sólo llamaba a la vergüenza ajena. Cómo sería de mala que Canal Sur la retiró, creo que a la segunda semana (recalquemos esto: ¡Canal Sur retirando un programa por malo!). En la televisión pública andaluza sólo hay una serie de humor con cierta originalidad y frescura, que es SOS estudiantes. Es audaz, a veces verdaderamente ingeniosa, con un inusual toque de surrealismo y personajes como el vecino psicópata o la chica tonta, bastante logrados. Tras Año 400, los lunes canalsureños nos trajeron de la mano de Toñi Moreno las hagiografías o autopsias de muertos de verdad o muertos en vida. Folclóricas, toreritos o cantantes amojamados, biografiados alrededor de un repelús como de sus exvotos. Rocío Jurado, Lola Flores, El Cordobés o Rhapael, toda la nómina que ocupa los altares de nuestra cultura sin cultura, en una épica exagerada, babosa y catetísima. Y ahora, en el verano pestoso, el lunes nos pone ese Gran Prix de revolcones y cucañas pueblerinas, conducido esta vez por Bertín Osborne, especie de vaquero feriante, otro de los andaluces (lo he dicho varias veces) cuya gracia o desparpajo consiste en parecer que está borracho. Maldito lunes, sí, sobra de la semana, basurero de Canal Sur, que ya es decir.


Un toque friki. Me ha sorprendido gratamente que Canal Sur coloque en su parrilla las Crónicas de Sarah Connor, que ya me habían recomendado. Sí, uno es bastante friki para según qué cosas y tengo que confesar mi debilidad por la saga Terminator, que esta serie retoma con una producción muy digna y unos actores y guiones que saben mantener el espíritu original. Las Crónicas de Sarah Connor vienen además con otro regalo para frikis: el papel de cyborg bueno y sexy que hace la inquietante y aniñada Summer Glau, la River de Firefly, otra serie de culto para los raritos, mezcla de western y ciencia ficción, que no ha llegado a emitirse en España. Refrescante, pues, entre tanta ranciedumbre y casticismo, esta apuesta friki de Canal Sur. Para que luego digan que sólo les doy palos.

Bastidores rojos: El vuelo de las águilas (13/07/2008)

Especial XI Congreso PSOE Andalucía

Sin gente, el Palacio de Congresos de Granada te hace creer que te has dormido dentro de los tubos de un órgano. Antes de la explosión búlgara de la tarde, se reunieron las comisiones como jugando al tenis de mesa. En alguna sólo había dos personas. No llamaba precisamente al apasionamiento el debate de enmiendas a la ponencia marco, que por cierto tiene algo de álbum para colorear o de cuento en el que hablan ardillitas: palabras e ideas de juguete. “Está todo el pescado vendido”, me dicen. De la ejecutiva, sólo quedan por conocer las secretarías más endebles, que se dilucidarán en una noche de timba. Por lo demás, las resoluciones serán un refrito de antiguas salmodias.

Hay en algunos círculos la impresión de que este Congreso es un paréntesis. Puede, me cuentan, que Zapatero, el viernes, por detrás de los halagos a Chaves, le trajera en realidad ese homenaje que se les hace a los desahuciados. Después de acabar con el hambre en el mundo, quizá Zapatero se coma a Chaves como a una vaca vieja. ¿El zapaterismo entrando aquí? ¿El chavismo desarmado con sonrisas? Habrá que verlo. Pero algunos hablan de una transición semejante a la de Extremadura. La jubilación o el desnucamiento de los barones regionales, como en un vals que les lleva a la tumba; el socialismo budista venciendo al socialismo cortijero. La frialdad del auditorio cuando Chaves se postuló como candidato a la secretaría general fue, desde luego, significativa. Aquello quedó como tras el restallido de un látigo. Alguien se atreve a vaticinarme cuándo será el próximo congreso: dos años, calcula. No sé, aún no leo en el vuelo de las águilas.

Pero, al menos de momento, no vimos ningún entierro. En hora de siesta, con los delegados a medio sentar, se anunció la única candidatura a la secretaría general, la de Chaves. Rodeaba el instante un ambiente de narcosis o convalecencia, ayudado por dos pantallas laterales en las que un scroll vertical rezaba, incansable, “+ bienestar + empleo + innovación…”, como poniéndoles, con los signos de suma un poco torcidos, tiritas a los problemas y esperanzas de Andalucía. Sólo al segundo intento de la presidenta de la mesa, se oyó un aplauso. Pesaba la digestión o pesaba la costumbre, como en los matrimonios de muchos años. No, Chaves ya no parece generar ilusión, sino fantasías de viuda negra con el arsénico.

Los delegados se fueron a votar como a sacar la basura. A alguno le pregunté con guasa para quién sería su voto, y se echó a reír. Creo que hasta ellos se dan cuenta de la ridiculez, de la burla que suponen estas votaciones de paripé y esta falsa democracia bucanera. Con voz de Eurovisión, la mesa dio los resultados, tan búlgaros como se esperaban: 97’1% para Chaves, 2’9% en blanco. No, no se vieron entierros, sino a Chaves en otra entrada victoriosa, cesariona. Subió las escaleras hacia el atril igual que las mises. Dio las gracias hasta a los que habían votado en blanco, anunció años difíciles por “los efectos de la crisis económica” (ya dicen crisis) y prometió “salir con velocidad de crucero” hacia la “convergencia real” con las regiones más avanzadas de Europa. Eso sí, adelantó que la malísima oposición haría todo lo posible para fastidiar a Andalucía y que, por ello, lo tendrían que hacer “solos, con la compañía de la ciudadanía (¿?)”. Prometió “honestidad” y defender los “principios y valores” del partido. La nada siempre tiene las mismas palabras. El aplauso final se fundió con el himno del PSOE de Andalucía, que es igual que el nacional pero aflamencado con guitarritas, y que parece la música de un anuncio de aceitunas rellenas. Los dictámenes de las comisiones, luego, eran como los avisos de los trenes en las estaciones. La gente, fuera, ya quedaba para irse de copas. Más de lo mismo, al menos hasta que Zapatero llegue con la guadaña. Si llega. El vuelo de las águilas todavía no dice nada.

Bastidores rojos: El Partido de Dios (12/07/2008)

Especial XI Congreso PSOE Andalucía

Algo le ha pasado a esta izquierda: sus congresos parecen reuniones de la Cienciología. Hay gurús de la felicidad, adoradores de sus sonrisas y abluciones en la unanimidad, el aplauso y los himnos. Están entre la fe y un sovietismo que hacía que, en las pantallas gigantes, las caras de Pizarro o Chaves se confundieran con medallas de Mao, grandes como hélices. Una vez la izquierda fue peleona, inconformista. Montaba revoluciones, no centros de flores. Pero ésta otra es una izquierda celebrante, contenta de sí misma, que sólo parece disponer sus bodorrios y enseñar su cáliz entre rayos. Se ven en el paraíso de sus posaderas. Han traído el cielo definitivo y cantan su gloria borrachos de poder.

El Palacio de Congresos de Granada se había decorado con pegatinas y siluetas de mujeres que parecían los ángeles de Charlie. El PSOE andaluz sigue eligiendo una estética infantiloide igual que sigue jugando a la oca con sus eslóganes. El de este congreso, “Andalucía de más a más”, amenaza con dejar sin signos de suma a todas las calculadoras. Han llegado tantas veces al máximo que ya no tienen azoteas y se suben sobre sus propios hombros o asteriscos. Después de los primeros discursos, alguien se quejó en los pasillos de que estaba saliendo un congreso institucional, no orgánico; que aquello era el anuncio de un programa de gobierno, no un proyecto para el partido. Cierto. En el escenario, donde se diría que se iba a celebrar la Superbowl o algo de patinaje, se repetía la propaganda juntera de siempre: ellos que nos trajeron la modernidad como la rueda, ellos que han hecho felices a los andaluces en una eterna Navidad y nos han permitido “recuperar la autoestima como pueblo” (¿verá está gente Canal Sur?). Pizarro, que decía “selebración” y “presizamente”, se aplaudía con sus propias orejas recordando el triunfo del 9-M y aún aseguraba que el PSOE-A no era un partido “autocomplaciente”. Enganchado a sus sumas de nada con nada, tras la Segunda Modernización nos anunció “la consolidación de nuestros avances”, un “nuevo impulso” y otros advenimientos vertiginosos. A la eternización de su gobierno divino la llamaba “renovación de la alianza estratégica con los andaluces”. Un socialista bastante crítico llegó a comentarme: “Algunos creen que esto es el Partido de Dios”.

El Partido de Dios o al menos de sus querubines. “Portadores de los sueños”, llamó Leire Pajín a los socialistas. Definitivamente, esta gente se ha tomado la victoria como una pastilla de éxtasis. “Una Andalucía que pertenece al club de los más prósperos de Europa”, añadió luego. Quizá tanto signo más en los eslóganes ha hecho que miren las estadísticas multiplicándolas o tachándolas. Después, cuando Chaves sustituyó en el atril a Leire Pajín, se produjo una desconcertante desbandada en el auditorio. Pedí una explicación a los más críticos: “Es que Chaves huele ya a muerto”, me dijeron algo enigmáticamente. Desde luego, habló como su muerto o como su retrato de húsar, parado en la postura, en el repetido acicalamiento de sus bigotazos. También él mencionó la “alianza estratégica”, la “imbricación social” del PSOE aquí, la “identificación de los deseos de los andaluces con nuestro partido”. Sí, sonó tan espeluzantemente totalitario como parece. El PSOE andaluz es el espíritu hegeliano del pueblo. Esperé que tras esto entraran valkirias o tanques, pero el que llegó, luego, por la tarde, fue Zapatero, entoldado de sus zetas, precedido de guardia pretoriana (para estar donde el Príncipe de la Paz, primero te tienen que registrar los esfínteres). Zapatero, en Andalucía, aún parece el monaguillo de otro socialismo. Se puso misionero y grandilocuente, pero antes piropeó a su “amigo Manolo”: “Manuel Chaves representa el éxito de Andalucía”. Teniendo en cuenta que Chaves se cree Andalucía, lo mismo hasta es verdad.

Los días persiguiéndose: La duquesa roja sirve el té (10/07/2008)

Tomando canapés bajo los murciélagos, me di cuenta de que los muertos son góticos. La Duquesa Roja, Luisa Isabel Álvarez de Toledo, ha dejado en su palacio una capa sobre los árboles, una pelusa sobre los libros y su estatua invisible y acostada ante los abrecartas. Parece que todavía mira desde los cuadros y tras las cortinas, que en cualquier momento va a servir el té en unos jardines con olor a aljibe, a pájaro y a niño. La duquesa tenía una sombra de escoba pero que le da para llenar aún toda la casa. La muerte agranda las sombras como la arquitectura.

Estuve hace unos días en el Palacio Ducal de Medina Sidonia, herboristería de la historia atrapada entre un parroquia fundada por una nieta de Guzmán el Bueno y una iglesia evangélica con su religión sin Vírgenes y sin muebles. Alrededor del archivo más importante de Europa han puesto una hospedería para guiris o para mosqueteros, con una cafetería como de hotel intercontinental, y se reúnen los culturetas del pueblo para hacer invocaciones, aquelarres y bibliofilia pecaminosa. Llegué invitado por el Aula Gerión, donde tengo buenos amigos, para asistir a la entrega de sus premios a la conservación del patrimonio. Cuando se destruyen las antiguas bodegas y casonas, cuando un urbanismo alicatador cambia por griferías los torreones con fantasmas, estos amigos, un poco románticos o un poco gerontólogos, aún quieren embalsamar la piedra junto con su historia. Entre la izquierda maquillada o posibilista había marquesas con abanico, algunos Orleans-Borbón que mandaban dar las gracias en el atril a sus hijos, secretarios o cocheros, gente que parecía que se había hecho bordar en el polito su escudo de armas y otros que se habían puesto en el pecho el nombre de un club de golf. Ahora la aristocracia se ha hecho conservacionista, compra los edificios que parecen teatros podridos para que no se caigan, para guardar sus baúles, sus loros y sus antepasados. Con los árboles como manos sobre todos ellos, habló la viuda o secretaria póstuma o duquesa consorte, que recordó a Luisa Isabel como todas las novias. Hubo discursos venecianos, se dieron los premios y muchos palos al Ayuntamiento. Luego tomamos manzanilla y patés bajo techos de madera y murciélagos mosquiteros, gordos como camaleones. El palacio parecía un nido en los Cárpatos y la duquesa no pasó las bandejas pero se la esperó un rato.

Coincidí pocas veces con la Duquesa Roja, en alguna cosa ateneísta, creo. Pero enseguida supe que tenía la inteligencia roedora, un hambre de flaca por los libros y un amor de madre con el vientre seco por la cultura y la historia. Era capaz de hacer una revolución con los vikingos igual que con los campesinos. En Sanlúcar la recuerdan valiente, buena y con jerseicillo. Guardó en su palacio, balcón con árboles y trenzas hacia el Guadalquivir, un galeón entero de legajos, vasijas y pólvora. Fue antiacadémica y contestataria. Dio tierras y cedió inmuebles a colonos o a músicos con frío. Así fue, aunque le hagan ahora biografías de mala madre o bujarrona. Sentí el otro día su presencia de guardiana de un tesoro, de monja muerta de los sin dios, de escribiente todavía empeñada en tachar las mentiras de la historia. Alrededor de ella, en su palacio, crecen aún las raíces del agua, de la curiosidad y del pasado. Creo que de vez en cuando sale para servir el té, un poco envenenado.